ALFREDO MARIO FERREIRO EN VIDA FEMENINA
Selección, introducción y notas de
Nicolás Gropp
(Universidad de la República
Montevideo, Uruguay)
Índice
Alfredo Mario Ferreiro en Vida
Femenina
Mujeres en la rambla
I.
En el automóvil
Mujeres en la rambla. En
el baño
El marido engañado.
Novela en dos actos
En abril de 1927, cuando está saliendo de la imprenta El hombre que se comió un autobús, Ferreiro comienza a colaborar en la montevideana Vida Femenina. Revista del hogar y de la mujer. Hasta diciembre de ese año, esta publicación de periodicidad mensual, aloja por lo menos un texto suyo en cada uno de sus números.[1] La mayor parte de estas piezas son textos en prosa, que permiten observar –al menos en el orden en que fueron publicados– una evolución hacia una modalidad poética de la misma, de estilo propio, en la cual no falta el humor ni algunos recursos de vanguardia como el fragmentarismo, la metáfora ultra y la evidente apología de la urbanización. La presente selección –que tomó en cuenta los textos de 1927– priorizó esta última opción en desmedro de los cuentos realistas, cuya factura además era notoriamente de menor calidad.[2]
Vida Femenina a diferencia de La
Pluma o La Cruz del Sur podría
definirse como una revista cercana a lo lümpen literario, al mezclar textos de
alta factura estética, con otros muy menores. Cuenta además una inefable sección
bajo el rótulo “Correo de las damas”, en el cual conviven la siguiente
definición de soneto: “catorce renglones
versos”, con recetas de cocina, consejos sobre la amistad, el amor o la
ropa más adecuada para cada ocasión. Resulta, sin embargo, sintomática
del Uruguay de los veintes, un país próspero y sin grandes grietas sociales ni
ideológicas, en el cual no eran rentables ni deseados los fuertes
enfrentamientos. La lista de noventa y seis colaboradores que publica la
revista en 1927, dice mucho del tipo de política que la inspira, ya que en un
arco que abarca desde Zorrilla de San Martín hasta Nicolás Fusco Sansone,
pasando por Alberto Lasplaces, muestra el intento de una revista marginal por
compartir el centro del campo intelectual, así como una postura integradora,
que es en el fondo funcional al status
quo. Ecléctica –más que de transición–, publica desde los modernistas Pablo
Minelli-González, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira, hasta
vanguardistas como Juan Parra del Riego, o al nativista Fernán Silva Valdés. No
falta tampoco el artículo a raíz de la visita –frustrada– al Río de la Plata de
Ramón Gómez de la Serna en 1925, ni el artículo de 1931 cuando la visita
finalmente se concreta. Además de los poemas gauchescos de su directora, aparecen
poemas de Enrique Bustamante y Ballivián, y otros del modernista brasileño
Murilo Araújo, en este caso traducidos. Con el paso de una década a otra se
comprueba, también, la comparecencia de notas sobre cine.
El modernismo
–dice Walter Benjamin– interioriza la mirada, a través de una profusión de
escenarios interiores. Hay un rechazo del espacio público y un desprecio por la
muchedumbre. La narrativa modernista había creado un lector de salón para una
literatura de salón. El espacio ciudadano de la calle es ocupado por la
narrativa a partir de la década del veinte. Ferreiro, jubiloso descubridor
vanguardista de la ciudad, de sus avisos luminosos, de la rambla recién
construida, desarrolla su culto pagano del automóvil. La vanguardia sale a la
calle, al cielo abierto, y una vez ocupado ese espacio en Uruguay con una
literatura urbana en marcha, se produce en algunos autores –Felisberto
Hernández, Juan Carlos Onetti– un repliegue hacia la intimidad. Lejos todavía
de esa etapa, “Avisos luminosos” en consonancia con buena parte de la poética
del libro que se reproduce de manera facsimilar aquí, desarrolla una alegre
promiscuidad entre publicidad y poesía, y por lo tanto entre mercancía y
poesía, que la generación del 900 (incluso en sus últimas promociones) nunca
pudo tolerar, y que la del 45 vería como un juego gratuito ajeno a la poesía.
Otro aspecto a destacar es el fragmentarismo de la mirada
que en “Mujeres en la rambla. En el baño” resalta, y recuerda a “Croquis en la
arena”, el poema de Veinte poemas para
ser leídos en el tranvía (1922), de Oliverio Girondo,[3]
pero más nítidamente se ven aquí las imágenes a través de la “objetividad” de
una cámara cinematográfica.
En “El marido engañado. Novela en dos actos”, el juego con
los géneros (cuento, novela, folletín, teatro) e incluso con los medios
expresivos (palabra escrita, cine) es múltiple, en una apuesta fuerte de
apertura hacia una mayor libertad de los géneros o de parodia del
acartonamiento en el que se encontraban algunos de ellos, sobre todo los más
clásicos. Resulta claramente disolvente la puesta en vecindad del cuento y el
cine, o de la novela con el teatro –como se hace desde el título–. A esto
habría que sumarle la crítica y la parodia del folletín, que también implica
una burla a los lectores (o a las lectoras) de una revista que esperan el
“«continuará» folletinesco e insoportable” al final de este texto abierto. Como
seguramente lo hacen aquellos adiestrados en seguir las entregas de la novela Jack, de Alphonse Daudet, que desde
hacía por lo menos tres años se venía publicando en cada uno de sus números. Si
Ferreiro se sitúa en una línea de avanzada, entre otras cosas con la conmixtión
poesía-publicidad, el rechazo a este otro aspecto de la sociedad de masas
resulta un nuevo elemento que lo adscribe a la vanguardia estética, por si
hiciera falta. Otro punto clave en el texto es lo que Niemeyer remarca como
central, “la explícita
autorreferencialidad del discurso [narrativo vanguardista] y, a veces, incluso del texto, tantas veces
empleada para revelar la propia ficcionalidad y romper la ilusión mimética”.[4]
Con “El marido engañado…”, pero también con la serie
“Mujeres en la rambla”, Ferreiro se gana un lugar –semioculto– en la narrativa
vanguardista hispanoamericana, particularmente en la rioplatense, desde donde
acompaña dignamente al Felisberto Hernández de la década del veinte, a
Macedonio Fernández y a Oliverio Girondo. Para completar el cuadro de sintonías
fuertes sólo falta el nombre de un español: Ramón Gómez de la Serna, contactado
con todos ellos e incluso amigo personal de los argentinos, cuya literatura
Ferreiro apreciaba al punto de producir su obra en estrecha vinculación
intertextual –explícita e implícita– con la del autor de las greguerías.
Estos cinco autores comparten además la vocación por el humorismo como camino
para su mejor obra y no concebido por lo tanto como un pasatismo, sino como la
forma idónea de repostular el arte y de criticar y exaltar el mundo
contemporáneo.
Ferreiro publicó dos libros de poemas, ya mencionados en otros
artículos de esta compilación. El resto de su obra (artículos, reseñas,
distintas piezas narrativas) se dispersó en diarios, revistas y algún prólogo
aislado. El primer rescate –concretamente en lo referente a artículos y
reseñas, algunos cercanos al ensayo y al manifiesto–, lo llevó adelante Pablo
Rocca en el año 2000, en la Colección “Los Archivos de la Literatura Uruguaya”.[5]
Con la exhumación de estas notas se complementa una tarea que, aún, mucho tiene
por andar.
Cabellos de luces que
echan las casas de los negocios por la noche. Cabellos luminosos, despeinados
por un viento de electricidad y ajustados por una vincha de vidrio coloreado.
Suicidio repentino de un letrero que se lanza a la calle desde el vértigo
arquitectónico de una moldura de decimoquinto piso. Suicidio interrumpido por
una tremenda flecha luminosa que, al encenderse, detiene al suicida y le señala
los modelos de una vidriera iluminada.
Letreros luminosos en
las calles centrales. Letreros que se caen sin que nadie pueda evitarles la
caída y se entierran a unos cuantos metros de profundidad dentro de un charco
de agua, o debajo del vaho de humedad que lanzan las veredas del norte.
Letreros que retozan
delante de las fachadas eternas de quietud. Juventud de luces incitando al
baile eterno a las ventajas herméticas, a las puertas voraces, a las vidrieras
llamativas. Luces. La epilepsia iluminada y al servicio de un tendero...
¡Triunfo definitivo de la electricidad esclavizando enfermedades para hacer un
prodigioso reclame comercial!
En las noches profundas.
Danza de letreros por sobre las casas dormidas. Danza de letreros en las
azoteas, en los pretiles, en las cornisas, a lo largo de las molduras, rodeando
las vitrinas, persiguiendo los perfiles de las letras. ¡Danza, danza, danza! El
mundo está en danza hasta para iluminarse. Desde hace un tiempo no hay tantas
estrellas por la noche. Y la luna, espantada, se esconde una hora antes.
Douglas Fairbanks, Jabón
Primus, Automóviles, FORD, RUGBY, Cigarrillos Super, Vermouth...
Colores y avisos. Danzan
allá arriba. Y danzan y danzan.
Mujeres en la rambla I. En el
automóvil
[7]
El traje se agita
desesperado sobre la impecable media de seda estirada. Se agita el traje en un
temblor continuo. Castiga la seda las dos piernas tendidas. El paisaje corre
para atrás. El aire entra con fuerza, revisa todo el interior del coche, y se
sale por los costados. A la derecha, el mar; a la izquierda las casas que
marginan la rambla negra. Corre el automóvil. Pasan otros coches. Rumor de
acero que trabaja. Suena la bocina. Pasan, borrosos, los peatones miserables en
su velocidad de dos piernas. Avanza, poderoso el automóvil. La tela se agita
sobre las piernas maravillosas ¡Qué elasticidad tiene el automóvil! Corre
parejo con el viento. Las olas se vienen hasta la arena para contemplar el
pasaje del soberbio coche. Relumbra la caja, se despide con reflejos metálicos
la rueda posterior de auxilio. Adentro, en un abandono delicioso, se pueden
recorrer leguas y leguas, ir de un país a otro, sin la menor fatiga.
Automático acciona el
conductor. Mueve las palancas, gira la dirección, oprime la alarma. Parece una
prolongación del mecanismo.
Cae la tarde. El cielo
está violeta, el mar se ha puesto azul, el camino está negro. Negro, azul,
violeta.
Y corre el automóvil
sobre la tersa rambla llevando entre los cojines de seda la desvaída e
indolente figura de Mecha.
El sol, loco de calor,
se mete en el agua y [se] pega una zambullida de diez horas consecutivas.
Nace una estrella. Mecha
va sonriendo a un recuerdo.
Mujeres en la rambla. En el
baño
[8]
El sol es una furia
dorada. La arena es una cuna de fuego. El mar es un disco plácido que soporta
dormido la caricia encendida del sol. Brillan los trajes de baño empapados.
Abulta una cadera, marca el ritmo una pierna, se adelanta, por debajo de la
sutilísima tela estirada, el remate agudo de un seno rotundo. Flota una salida
de baño. Cae una sandalia. Corre una figura de mujer. Una carpa se preña y pare
al rato dos bañistas adorables. Gritos. Sol, aire. A lo lejos, el chillón
reflejo de las tejas. En la rambla, alquitrán, autos y temblor de aire a ras
del suelo.
Pasan los tranvías
cansados. Lanza su voz de reflejos un parabrisas. Se abre el bostezo de un
klaxon. De repente, pasan corriendo tres mujeres en traje de baño. Los trajes
rojos dan a las tres muchachas un aire satánico. Triscan bajo la mordedura
masculina de un sol rijoso. Corren, se cansan, gritan, dan un suspiro y caen
rendidas en la arena. Tres montones de carne tibia, tres indescriptibles
motivos de placer agazapados sobre la arena ardiente. Estío.
Vuelven a incorporarse
las bañistas. Dos de ellas se alejan por sobre la arena dura de la costa. El
sol las persigue y las hiere con oro puro. La bañista que queda se alza sobre
la punta de los pies diminutos. Alza un brazo y deja balancear, como
desarticulada, la mano blanca. Es un saludo.
Y desde lo hondo de la
playa, atravesando la atmósfera de impulsividad, contestan otras dos manos
blancas el saludo de Mecha.
El marido engañado. Novela en
dos actos
[9]
ACTO I
Salió del empleo y
comenzó a caminar por la calle. Un vendedor de periódicos le dio tremendo
empellón.
–¡Foul!– gritó un pibe esquinero que presenció la mala jugada.
Aquella salida del
chiquillo, por contraste con su estado de ánimo, le plantó una sonrisa en los
labios. Sacudió la cabeza, para desprenderse la risa de la boca, y siguió
andando a la que salga por entre las gentes que ya comenzaban a marchar ligero
ante la inminente clausura de los negocios.
Un reloj perezoso largó
siete campanadas. Un automóvil le echó el bostezo de su aire al pasar
rozándolo.
Eduardo –víctima del
maleficio de su nombre, ya que todos los Eduardos son desgraciados– siguió
caminando, lejos del mundo, ajeno a todo, transitando por la avenida de sus
recuerdos iluminada por aquellos dos farolones de vergüenza restallante.
¡Su mujer! ¡Nada menos
que su mujer!
Hay momentos en que uno
cree que repitiendo una cosa en palabras salva en algo la situación. También
hay momentos en que uno se imagina que con amenazar el vacío con el puño
cerrado se saca algún provecho. Pues bien...
Eduardo creía que con
repetir en tono melodramático: ¡Mi mujer! ¡Nada menos que mi mujer! Ya quedaba
paliado en algo el tremendo accidente ocurrido en la carretera de su moral. En
la columna vertebral de su reputación. En el riñón, como anuncia Piria cuando
se trata de un remate bien ubicado.
Su mujer –que era una
señora de esas que uno llama “incapaz de matar una mosca”– le había
resultado... ¡vamos! Un “taglefoot”...
Y Eduardo –todos los
Eduardos son desgraciados– acababa de constatar la tremenda, la horripilante
tragedia de su espíritu: su mujer le engañaba. Y ¡con quién!: ¡Con quién, tan luego! ¿Queréis saber
con quién? Leed el segundo acto que continúa inmediatamente.
ACTO
II
Resulta que este
segundo acto no está tan bien filmado como el anterior. Aquí la calidad de la
película empleada no es tan buena como en el primero. La película ha tenido que
ser impresionada –¡Y bien impresionada!– por luces contradictorias. Una mujer
que engaña es un disco de Newton a medio andar. Da velocidades y coloraciones
contradictorias. No hay nada más torpe que una mujer que engaña al marido. ¡Sí!
Me equivocaba. Hay una sola cosa más torpe que la mujer que engaña al marido
¿Qué? Pues... ¡el marido engañado! ¿Y no habíais caído? Pues cortos alcances
mentales son los vuestros, lectores de esta revista.
(No digo míos,
porque yo no quiero la propiedad de ningún lector. Todos son unos críticos con
seudónimo de empleados de tienda).
Estábamos... ¿Adónde
estábamos? ¡Ah! En que Eduardo había descubierto con quién andaba en malos –en
torcidísimos– pasos la mujer que, con todas las de la ley, era su mujer ante el
Registro Civil y ante Dios. ¡Qué vergüenza tendría Dios! Porque hay cosas que
se hacen nada más que por la seguridad que uno siente ante la lejanía del
castigo. Dios no va a estar bajando a cada rato para perseguir a las mujeres
adúlteras. ¡Si todas las mujeres son adúlteras, según la estadística que llevo
en mi casa!
Bah, bah. Dejemos
de lado los cálculos que bastante embroman al hígado y vayamos a nuestra
tragedia eduardesca.
La mujer de
Eduardo era una mujer inteligente. Engañaba a su marido. También bueno es
reconocer que Eduardo como marido era muy buen chauffeur. Hay que saber ser marido. Uno se queda bizco cuando lee
la sarta de estupideces que contienen las disposiciones municipales, por
ejemplo. Que uno sale a la calle con un automóvil sin autorización del
municipio para manejarlo ¡ay, Dios!, la que se arma. Se arma un lío del diablo,
casi tan grande como cuando un verdulero da vuelta en mitad de la cuadra, sin
llegar a la esquina para hacerle su reverencia de medio círculo al varita.
¡Un automóvil! Y
¿qué me decís vosotros del que se casa sin libreta para manejar a una mujer?
Una mujer, que es una cosa inmanejable. Me diréis que al que se casa le dan
libreta. Sí, del Registro Civil. Que es como si vosotros salieseis con vuestro
auto escudados en la libreta... del almacén de la esquina. (Que todavía estoy
por ver un almacén a mitad de cuadra).
Alfredo Mario Ferreiro
NOTA: Habrá lector o lectora que busquen la palabra apestosa “continuará” al final de esta novela. Les advertimos que no hay tal continuación y que este relato, como los relatos verdaderos de la vida, concluye donde menos se piensa. Aunque no salte la liebre del “continuará” folletinesco e insoportable.
El
Autor
[1] Al menos desde diciembre de
1924 hasta esta fecha no hubo nada de Ferreiro en la revista. Vida Femenina (Montevideo,
1918-1933, 159 números). Directora María Teresa L. Sáenz, administradora Ofelia
Sáenz. La cantidad de poemas que se publican de Raquel Sáenz hace pensar en una
empresa familiar. En
los años siguientes de la revista también pueden encontrarse numerosas
colaboraciones de Ferreiro.
[2] Se trata de “El
paso a nivel...” y “El hombre que se quedó sin su hijo”. Además quedaron afuera
“La Fuga”, cuento que no carece de interés para entender a Ferreiro y el
período, “Mujeres en la rambla II. En la ruleta”, que no aporta mayor novedad
con respecto a los otros dos textos de la serie que aquí se publican, y “En el
X Aniversario de Vida Femenina. Repasando la órbita”, en el cual Ferreiro
resalta la “utilidad” de la publicación.
[3] En La Cruz del Sur
(Montevideo, Nº 5, 15 de julio de 1924), además de “Croquis en la arena” se
publicó el poema “Milonga” del mismo libro, y una nota muy poco feliz de
Ildefonso Pereda Valdés sobre el volumen.
[4] Katharina
Niemeyer, “Acercamiento a la novela vanguardista hispanoamericana”, en Actas
del XII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Tomo VII
Estudios Hispanoamericanos II (edición al cuidado de Patricia Obder de Baubeta),
Birmingham, 1995, pp. 161-169: 166.
[5] Alfredo Mario Ferreiro (I) Sobre Arte y Literaturas de Vanguardia
(Artículos en La Cruz del Sur y Cartel, 1926-1930), (Compilación, nota
preliminar, cronología y bibliografía de Pablo Rocca) y Alfredo Mario Ferreiro (II) Con García Lorca y Pablo Neruda en
Montevideo (Artículos publicados en la página Martes literario del diario La Razón), (Selección, introducción y notas de Luis Volonté), publicados en
Montevideo, PRODLUL/Insomnia, el 6 de octubre de 2000 y 8 de diciembre de 2000,
respectivamente.
[6] Vida Femenina, Montevideo, Nº 102, [julio] 1927 (Especial para Vida Femenina).
[7] Vida Femenina, Montevideo, Nº 103, [agosto] 1927.
[8] Vida Femenina, Montevideo, Nº 105, [octubre] 1927.
[9] Vida Femenina, Montevideo, Nº 107, [diciembre] 1927 (Para Vida Femenina).