POR QUÉ, PARA QUÉ UNA REVISTA
(Sobre su naturaleza y su función en el campo cultural
latinoamericano)
Pablo Rocca
(Universidad
de la República)
Tiempo. Podría
vérsela así: más que un desafío al tiempo, la revista es un desafío en el tiempo. La literatura sería esa
posibilidad de retar al tiempo en un lapso mayor que el de la cercanía, que el
del cerco del presente. La revista, en cambio, trabaja para el presente, para
la difusión del cuento o el poema o el artículo o el capítulo de novela. Luego,
con suerte, esos textos estarán destinados a circular en libro o, ahora, a
quedar colgados del espacio cibernético hasta que alguien los recoja, hasta que
alguien los “baje” de internet. O se perderán para siempre o se transformarán
en referencia de nota al pie en alguna tesis de doctorado, en regocijo para
eruditos o en monótono insumo para la obtención de un grado o de un cargo
universitario. ¿Significa, esto, como creía Borges, que “un periódico se lee para el olvido”, mientras que “un libro se lee para la memoria”?
(Borges, 1979: 25). O, dicho en otros términos, significa esto que el libro es
un objeto sagrado y el periódico –aun la revista literaria– papel, papeles. En
verdad, uno depende (o dependió) del otro, recíprocamente, más de lo que puede
depender el filme o la exposición de pintura.[1]
La revista, espacio de
cruce, pelea con el presente. Lo interroga, no puede desprenderse de él, y eso
porque más que una tarea individual es un acto colectivo, una puesta en
práctica de discurso que necesariamente involucra ojos que leen en dos niveles:
el primero, llámase cuerpo de redacción, comité de selección o, aunque sea, la
mirada amiga del principal responsable; el segundo, el receptor al que se
destina el producto final,
quien podrá tener una perspectiva cómplice o resistente. Los dos ojos, a
consecuencia de estas operaciones, privilegian, recortan e, incluso, sancionan,
excluyen. De ahí que la supervivencia de la revista, su radio de influencia y
alcance, sea relativamente limitado, salvo en algunos textos cuando una visita
distraída y lejana puede despertar en ellos un interés reactualizador. Cuando analizamos un periódico
no procedemos de manera muy diferente, en tanto somos lectores y por cuanto
reactualizadores, reconstructores de la experiencia, y es esa labor la
que nos
obliga a seleccionar
y omitir, produciendo un texto, una lectura que es collage espacial o montaje temporal de fragmentos injertados en
relaciones provisorias o aleatorias, que sin embargo reafirman el motor mismo
de lo moderno: la experiencia de lo discontinuo (Antelo, 1999: 309).[2]
No obstante, el fugaz tiempo de la revista
está condenado a esclerosarse si no a museizarse, en virtud de convertirse en
campo de estudio de los especialistas, en fuente para investigaciones
particulares de líneas generales. Esas líneas que, a veces, el investigador ve
como si se mantuvieran en una tensión imperturbable, lo cual sólo funciona en
una férrea lógica pedestre si se las entiende como una construcción a posteriori de ideas o propuestas que
tendrán sentido. Muy por el contrario: el azar, el acaso, el accidente
(histórico, político, cultural, las rupturas o las sumas internas) cumple un
papel decisivo en la experiencia de la revista que es, ante todo, apertura,
discusión, sensación alerta, diálogo en
el tiempo y no tanto contra el tiempo.
Diálogo. Ese podría ser un sinónimo de revista. Las inflexiones
de la voz en el diálogo/revista es múltiple. En primer lugar, se vertebra en
cuanto espacio interdisciplinario, aunque sea “literaria”, es decir, aunque se
oriente hacia la publicación de ficciones o de ensayos sobre el cuerpo de la
ficción, siempre hablará de otras cosas. Es que la revista, cualquiera sea su
rubro, se imagina para una “escucha
contemporánea”, según lo advirtió Beatriz Sarlo, en la medida en que pone “el acento sobre lo público, imaginado como
espacio de alineamiento y conflicto” (Sarlo, 1992: 9).[3]
En segunda instancia, sólo tiene pleno sentido en su relación con el marco, con
su íntimo contacto con la vida social y cultural del momento. Uno puede, por lo
tanto, degustar un texto cualquiera que lee en una revista de hace veinte, treinta
o cien años, pero salvo en aquellos textos en que hay una apuesta directa a la
ahistoricidad, hacia la abstracción pura, y aun así no siempre, difícilmente se
podrá capturar la deriva de estos textos de revista si uno no se zambulle en
las alternativas, las polémicas y hasta en el anecdotario menudo de la vida
cultural que le dio lugar. Dicho de un modo más claro y también ampliatorio de
lo anterior: para leer bien una revista hay que saber leer en los márgenes.
Público. Pero, ¿quién lee? ¿para quién se hace una
revista? Antes que nada parece saludable volver a replantearse la pregunta que
se hacía Bourdieu en una conferencia de 1981: “¿Puede leerse un texto sin interrogarse sobre qué es leer?”. Y más
aun: “¿puede leerse lo que sea sin
preguntarse qué es leer; sin preguntarse cuáles son las condiciones sociales de
posibilidad de la lectura?” A lo cual el mismo Bourdieu contesta:
Interrogarse sobre
las condiciones de posibilidad de la lectura, es interrogarse sobre las
condiciones sociales de posibilidad de situaciones en las cuales se lee [...] y
también sobre las condiciones sociales de producción de lectores. Una de las
ilusiones del lector es la que consiste en olvidar sus propias condiciones
sociales de producción, en universalizar inconscientemente las condiciones de
posibilidad de su lectura. Interrogarse sobre las condiciones de ese tipo de
práctica que es la lectura, es preguntarse cómo son producidos los lectores,
cómo son seleccionados, cómo son formados, en qué escuelas [...] (Bourdieu, 1988:
116).[4]
Dependerá,
es claro, del tipo de revista sobre la que se evalúe la lectura. Pero, al fin
de cuentas, ¿qué es una revista? En lectura cercana, Maria Lucia de Barros
Camargo, quien ha dedicado gran parte de su vida al estudio del problema en Brasil
, repasó los significados contemporáneos del término, señalando su condición
huidiza, aunque convino en aportar tres categorías básicas: “a) periódicos
institucionais ,[...] b) periódicos
independentes e de tiragens reducidas [...], c) periódicos de ampla circulação” que, desde luego, no se
confunden con la prensa cotidiana (de Barros Camargo, 2003: 22-23). La
clasificación, como veremos, no se queda ahí. Más recientemente aún, en un
volumen especial dedicado a las revistas latinoamericanas “literarias/culturales” –duplicación que evidencia, en sí misma, la
dificultad para definir el concepto de lo literario–, Jorge Schwartz y Roxana
Patino advirtieron que “Dentro de la
dinámica del campo cultural, las revistas no tienen, de ningún modo, un lugar
definido a priori” (Schwartz/Patiño, 2004: 649). Inestabilidad y apertura,
zona de riesgo y territorio resbaladizo. Se piensa, en estos apuntes, en las
revistas “culturales”, sobre todo en las que ponen mayor énfasis en la
literatura y, por lo tanto, habría que deducir de esta afirmación o punto de
partida que el concepto de “revista
literaria”, estable hasta mediados del siglo XX, ya no lo es tanto, como ya
no lo es el concepto de literatura. Sea como fuere, se piensa en esas
“empresas” que no se arrodillan ante el imperio absoluto del mercado, de lo
efímero puro (el chisme, la vida cultural a la ligera), pero que a su vez no
lo(s) ignoran, ya para incorporarlos críticamente, ya para dar cuenta de ellos.
Hablo, en suma, de las revistas que se rehusan a la banalización de los
resultados culturales en la forma de una apología corrida de cuanto filme,
libro o exposición se presenten o en la promoción de un genio novel en
cualesquiera actividades creativas. Aunque hasta las más disidentes siempre
ceden algo, salvo las que hacen de la condición periférica el sentido de su
existencia, una marginalidad que, se verá, tiene más de aristocracia que de
ánimo vulgarizador.
Quien lee (o leía) –primera hipótesis– no suele (o solía) comportarse como la masiva comunidad lectora que acude al diario en busca de información o, con suerte, en procura del comentario que lo orientara, dos notas constitutivas del diario que Rodó destacaba en un artículo de 1914. La publicación periódica de frecuencia diaria en cualquier parte, y sobre todo en América Latina, pensaba Rodó, democratiza la cultura si cumple con el cometido ideal de hacer “llegar los reflejos de ella allí adonde rara vez logra penetrar el libro” (Rodó, 1967: 1201). En esa dirección, democratiza mientras reduce, mientras esquematiza, como ocurre mucho más con sus sucedáneos los informativos radiales o televisivos o con los abstract de noticias o las antologías de artículos divulgados por internet. En cambio, la revista, que tendría como modus operandi una periodicidad que puede ser regular pero que no está esclavizada por la salida cotidiana ni –mucho más importante– por el imperio-imposición de la noticia, siempre es aristocrática. Podrá surgir como expresión de la pobreza de unos jóvenes escritores que no tienen suficientes contactos para hacer llegar lo que escriben a medios más poderosos, sean estos cuales fuesen, o no tienen el dinero necesario para publicar sus obras individuales o no tienen suficiente obra individual para reunir en libro, lo que en principio no es lo mismo pero no es tan diferente. La revista podrá emerger con la voluntad de cambiar el mundo con las ideas más radicales que se quiera, pero siempre camina hacia unos pocos. Hacia un público de iniciados, casi de cofradía: escritores, artistas, universitarios, profesionales de la cultura, de un mínimo sector de las clases sociales o de los grupos sociales que tienen más vigor, ideológico o económico, ideológico y económico. Gana la partida cuando sobrevive lo suficiente como para que algunos de los valores o de las ideas que encumbra pasan, justamente, a otros medios más democráticos. Gana, y pierde. Porque entonces otras revistas saldrán al cruce de lo que se considerará lugar común (“oficialismo”, “status quo”). Está claro: en esa dialéctica del enfrentamiento, de la marginalidad y la disidencia, de combate al poder, que antes fue debilidad, en esa dialéctica ahora extraviada o fragmentada, se hace (o se hizo) la vida cultural anterior a la revolución cibernética.
Aun viviendo en el presente la revista apunta, siempre,
al futuro. Tiene, por decirlo así, una suerte de mirada bifocal: construye el
presente y levanta la cabeza para trata de ver el futuro. Y cuando no lo hace
desde el centro o desde el margen (que, según como se lo mire, pueden ser
reversibles), lo hace desde un espacio intersticial,[5]
tratando de socavar las polaridades, frecuentes en determinadas épocas –sobre
todo en las que hay qué defender y qué proclamar con seguridades– por ejemplo
las polaridades tan típicas en la literatura argentina de los años treinta al
cincuenta (Claridad contra Sur en los treintas; Contorno contra Sur en
los cincuentas) o de la literatura mexicana del setenta al noventa (Vuelta contra la segunda época de Plural, más tarde Nexos contra Vuelta). En
el hueco que dejan las disputas más estruendosas nacen las pequeñas revistas
que liman las asperezas o, simplemente, toman otros rumbos que van más allá de
la dicotomía “vanguardia estética” versus “vanguardia política”, uniéndose en
algún punto de la elipse, haciendo de ese modo su camino. Para seguir con los
ejemplos localizados, algo de eso pasó con Ficción,
en la Buenos Aires del cincuenta, capaz de juntar “sureños” y “contornistas” y
viejos exmiembros de Claridad. Algo
similar a la política de la Revista de la
Universidad de México, en algún momento de los años setenta mucho menos
académica de lo que su título sugiere o la Revista
Mexicana de Literatura. Tanto una como otra hicieron equilibrio entre la
disputa Plural/Vuelta.
Quien
lee –segunda hipótesis– construye y reconstruye
el objeto que lee. Pero para que esto sea posible, la revista invita a ser
leída o muere. En otras palabras: más allá de las fragilidades o de las
potencias administrativas y financieras, es capaz de mantenerse la revista que
ha sabido crear un proyecto. Que es
una manera otra de decir crear un público.
Formas (I). Un concepto de Gramsci: periodismo “integral”, es decir, “aquel que no sólo trata de satisfacer todas
las necesidades (de cierta categoría) de su público[,] sino que se esfuerza por
crear y desarrollar estas necesidades y por ello de estimular, en cierto
sentido, a su público y de aumentarlo progresivamente” (Gramsci, 2000:
149). Entre los tipos de revistas, Gramsci distinguía tres modelos
fundamentales: uno, que combina elementos directivos; un segundo tipo “crítico-histórico-bibliográfico”, un
tercero que resulta de la “combinación de
algunos elementos de segundo tipo y del tipo de semanario inglés como el Manchester
Guardian Weekly, o el Times Weekley”.
De este modo un poco vago distingue esos tres niveles, y termina por postular
una ley: cada cual, cada uno de ellos “tendría
que tener una redacción homogénea y disciplinada; por lo tanto, pocos
colaboradores «principales» para escribir el cuerpo esencial de cada número”
(Gramsci, 2000: 155-156). Se esté o no de acuerdo con esta tripartición –que
parece excesivamente rígida–, es evidente que tanto la idea de la
“integralidad” como la del cuerpo homogéneo de redactores, muy tributarios de
los modelos periodísticos del siglo XIX, rigieron para las revistas culturales
y, sobre todo, literarias del siglo XX. Como se ve, en el último tipo el
filósofo italiano está pensando en la revista-periódico que pronto se va a
transformar en el “literary suplement” o “suplemento” o aun “página” o
“sección” cultural o “caderno cultural” del diario o semanario o quincenario,
forma periodística que dominó toda la segunda mitad del siglo XX, con un
predominio claro del discurso literario. Propongo otra clasificación que no
sólo es evidentemente tributaria de la de Gramsci sino que, en algún plano,
podría superponérsele y que, como se verá, nada tiene de “original”:
1)
La revista institucional o académica, protegida o financiada por
los dineros de una institución oficial –universitaria o no– y, ahora, bajo los
auspicios de alguna empresa privada beneficiada con alguna exención tributaria
(eso, claro, en los países donde el capitalismo ha alcanzado mayor desarrollo).
En general no interviene en la vida cultural activa, soslayándola o tratándola
como material de trabajo o de estudio. Es el espacio al que se destina la
producción universitaria.[6]
2)
La revista propiamente cultural, la
que podríamos llamar también “revista de intervención”, la que se inscribe en
el debate por cuenta propia, con escasas posibilidades de supervivencia,
habitualmente con débiles apoyos o contrapesos, a veces con la expresa voluntad
de ser marginal, de trabajar desde la periferia
contra un centro, un poder
cultural que no necesariamente se identifica con el establishment, sea este o no de derecha Desde la peruana Amauta a la cubana revista de avance en los veintes o la paulista Klaxon hasta la rosarina El
lagrimal trifurca o la montevideana Los
Huevos del Plata en los años sesenta, todas buscan, desde un horizonte
estético-ideológico, la creación de un canon y un subsiguiente contra-canon. En
tal sentido, como recientemente dijera Mabel Moraña con lenguaje benjaminiano,
la revista “es una pieza central tanto en
la reproductibilidad técnica de relatos, programas y discursos, como en el
fortalecimiento o debilitamiento de su auratización” (Moraña, 2003: 34).
Aunque el concepto siga rigiendo, es evidente que han perdido pie la naturaleza
“literaria” de las revistas, desaparecidos casi sin remedio los magazines o “revistas de actualidades”,
tan vivos a comienzos del siglo XX –al estilo de la porteña Caras y Caretas–; esto pese a intentos
lujosos aún más o menos vivos, como la argentina Lea o la brasileña Cult,
en general más confiadas en la divulgación que en la discusión. Sólo en muy
pocos casos gozan de buena salud entre las minorías letradas las que se manejan
en un espectro más ampliamente “cultural” (la argentina Punto de Vista, la chilena Revista
de Crítica Cultural).
La
revista puede alcanzar públicos algo mayores, pero usualmente está condenada al
consumo de las minorías. Quizá sea esas “revistas
de minorías las que aseguran la continuidad de la cultura”, por lo menos de
la alta cultura, como pensaba Eliot, justo en el momento en que despedía a su
propia revista The Criterion (cit. en
Bianco, 1988: 245). Quizá una mirada elitista como esa sólo postule una ilusión
o su tarea involucre una apuesta de futuro para el apoyo más firme del libro o
del prestigio del escritor que hacen pie en la revista, como si fuera una débil
plataforma de lanzamiento que pasa a desintegrarse cuando parten las naves.
3)
Hay excepciones o, mejor aun, casos con fuerte dosis de hibridación que
complejizan esta taxonomía dual. El seguimiento de dos ejemplos
latinoamericanos, el de la porteña Nosotros
y el de la cubana Casa de las Américas,
permitirán ver más de cerca un problema que tal vez no sea tan frecuente, o tan
delicado, en Europa ni, menos, en Estados Unidos. Salvando las enormes distancias
cronológicas, ideológicas y de distinto tipo que hay entre ellas, tanto Nosotros como Casa de las Américas tienen en común ser revistas que mantienen un
difícil equilibrio respecto del poder oficial, orientadas hacia un mundo de
referencias académico (con un amplio apoyo al ensayo, la crítica y hacia formas
de la investigación), pero tampoco renuncian a la publicación de textos “de
ficción” (narrativa, poesía, algo de teatro) y textos de “intervención” en la
polémica del presente. Sus relaciones con el poder político son, al menos,
paradójicas, ya que se ven sometidas a cierta forma de autocensura o a
limitaciones apriorísticas con los materiales a publicar. Quizá no tanto por
una clara opción teórica emanada de la revista (en el caso Nosotros), sino por parte de una presión exógena, enormemente
cambiante y delicada en Argentina mientras sale esta publicación –de 1907 a
1943– que responde, en principio, al sector profesoral de la clase media de
cuello duro, que se interna en posiciones en general liberales, aunque hay un
editorial firmado por Roberto Giusti de apoyo expreso al golpe militar de 1930
(Rivera, 1990: 2). La condición partidista, que puede atenuarse o travestirse
con cierta facilidad en épocas o medios liberales, se enturbia o distorsiona en
situaciones “restrictivas”. No obstante, esa toma de partido se asume sin
complejos ni rubores en la revista cubana desde su primera entrega, de
mayo-junio de 1960 y así continúa hasta hoy, pero no deja de sufrir los
recortes o las imposiciones de un límite impuesto por una circunstancia
exterior al diseño de la política de la revista como tal, en la que cada vez se
hace más frecuente la publicación de los discursos del presidente Fidel Castro,
y no precisamente sobre temas artísticos. Ejemplo de estos equilibrios
difíciles, aún en tiempos del consenso de la intelectualidad de izquierda
latinoamericana en apoyo a la Revolución, son las discusiones al respecto que
Ángel Rama dice haber tenido con Roberto Fernández Retamar hacia 1968.[7] Con esta opción se produce una
peculiarísima circunstancia que se sucede sin rupturas estridentes en Casa de las Américas: se defiende
explícitamente un régimen de gobierno y un sistema económico y, de paso,
inevitablemente se ataca a otro régimen-sistema (la democracia capitalista
hegemonizada por el imperialismo de los Estados Unidos). Implícitamente la
acumulación de materiales defienden una estética que no colide con la
revolución cubana en sus diferentes estadios desde la victoria del 59 hasta
hoy; en el intersticio queda la opción general por la calidad de los materiales
seleccionados y la propia simpatía (franca o tibia) de los intelectuales
colaboradores de los países capitalistas, quienes aun no siendo partícipes
activos del sistema imperante en Cuba, coinciden en términos generales con
varios puntos de la política isleña. Una situación hoy particular que, por
cierto, no era la de los años sesenta, ahora
mismo en un momento de amenazas cada vez más brutales por parte del
gobierno norteamericano.[8]
La bibliografía, al respecto, por suerte es bastante abundante y, en los
últimos tiempos, ha encontrado polifónicas vías de expresión (Mudrovcic, 1997;
diversos trabajos en Sosnowski, 1999; Gilman, 2003).
Desaparecidos
o diluidos los grupos animados por la agitación cultural, el avance de lo
institucional ha infiltrado, progresivamente el modelo dominante. En otras
palabras: las revistas netamente académicas han ganado terreno en América
Latina y aun en el medio universitario norteamericano en las últimas décadas,
desde la Revista Iberoamericana a Hispamérica, aunque esta última conserva
–caso raro hoy– el equilibrio entre investigación y ficción que la otra nunca
tuvo. Ya casi ha muerto el formato “ensayístico”, que propiciaron, por ejemplo,
la puertorriqueña Repertorio Americano
o la mexicana Cuadernos Americanos,
de Jesús Silva Herzog, a la que Octavio Paz celebró porque, en su opinión, fue
capaz de defender la libertad como vía y finalidad y, por lo tanto, como fuente
auténtica de creación (Paz, 1978). Revistas latinoamericanas de cultura, sobre
todo de literatura, que para ser tales, para empujar esa opción ensayística, se
ampararon en los modelos de revistas francesas e inglesas de las primeras
décadas del siglo XX (Le Temps Modernes,
The Criterion, entre otras).
Ahora
parece haber muerto la posibilidad de ese híbrido que, en América Latina, bien
pueden representar los ejemplos antedichos o la uruguaya Número, que entre 1949 y 1955 editó 27 entregas con el lema de “crítica y poesía”, es decir: revista de
intervención crítica y de intervención literaria. Hoy domina el esquema de la
revista “científica”, con normas referenciales rígidas que suelen producir o
reproducir un esquema de trabajo intelectual –a veces al vaivén de las modas– a
menudo enemistado con la prosa “galana”, la claridad expositiva y, no está de
más señalarlo, hasta con el dominio de una lengua estándar básica para el
establecimiento de la comunicación. Lo que se ganó eliminando la nebulosidad y
la fatiga de la improvisación se perdió en creatividad de escritura, que sólo
refulge en quienes no dejan de pensar la escritura como una forma al servicio de un objeto teórico o
de un corpus temático dado, ya sea canónicamente literario o “cultural”. ¿No
será que está pasando en las revistas una especie de reflejo de lo que sucede,
en buena medida, en ciertos sectores literarios vinculados a la Academia, en
los que se “fabrica” una literatura para gusto o en ajuste al gusto de las
exigencias teóricas o teoréticas de esa misma Academia? Siempre las revistas se
hicieron para un tipo de público, pero hoy parece que se trata de una
literatura para consumo interno, como hubo (y hay) una literatura infantil
construida, casi a priori, para consumo en acuerdo a algunas modas pedagógicas
y difusión en los colegios (no digo escuelas), o una literatura de la
mercadocracia, ya señalada. Nichos, espacios compartimentados.
No
menos ostensible es la crisis de las revistas culturales de intervención, las que antes todo el mundo llamaba “literarias”
sin ningún tipo de complejos. Para indagar sobre qué andariveles circula su
crisis hoy, habría que empezar por un seguimiento de la ausencia de la función
fática entre productores y receptores que, según parece, las revistas
electrónicas no han conseguido quebrar, en buena medida por la acumulación fantástica
de información que no permite una sedimentación o una adecuación suficiente
para que se generen los debates públicos y las relaciones íntimas necesarias
con la producción cultural específica, que siempre requiere un mínimo tiempo de
germinación, otrora atisbada a vuelo rasante en un tomo entero de la Historia de la literatura hispanoamericana
dirigida por Pedro F. de Andrea (Carter, 1968). ¿Quién puede, hoy, afrontar esa
titánica, casi tiránica labor, si todos los días salta de un lado al otro del
espacio electrónico una y otra publicación periódica? Además, internet es el
tiempo suspendido y no el tiempo que se abandona y se sucede, se clausura con
la vista puesta en el futuro. Tal vez la velocidad de hoy no permitiría la
polémica que agitó a las revistas de Hispanoamérica y España sobre el
“Meridiano Intelectual de Hispanoamérica”, entre el 15 de abril de 1927 y el 15
de mayo de 1928, si nos guiamos, para la última fecha, por la excelente
recopilación de Carmen Alemany (Alemany, 1998). Aunque las revistas
electrónicas lleguen a muchos más de los que llegaban en los años veinte,
treinta o sesenta, las que hoy podemos denominar de “formato papel”, su
almacenamiento en el disco duro de una computadora requiere de una disciplina
de archivista para su consulta y de un tiempo real de consumo que la “era del vacío” no parece fomentar. Se
dirá que esa falta de participación fluida, esa capacidad de activar un
fenómeno a veces algo explosivo pero casi instantáneamente disuelto en el aire,
es una de las características de la posmodernidad y que, por lo tanto, la
observación precedente carece de fundamento. Es posible que esa sea,
justamente, la razón de la caída del modelo revista tal cual creció a lo largo
de todo el siglo XX.
Habría
que detenerse en este punto. La cuestión no puede despacharse en unas líneas,
pero hay que anotar que en el fin del proyecto pedagógico de la modernidad, la
extensión progresiva de la cultura a las mayorías por parte de sectores
letrados se ha debilitado en la era neoliberal –que se tambalea, ma non troppo–, no sólo no integrando a
nuevos sectores sociales a procesos culturales muy ligados a la educación (el
ejemplo de Nosotros así lo atestigua,
pero puede pensarse en casi cualquier caso de revista del período 1925-1960),
sino que las políticas salvajemente devoradoras de los ingresos de los sectores
medios asociados desde el medio siglo a la vida cultural (profesores de
Educación Media, maestros, burocracia urbana) los ha fagocitado o expulsado del
“consumo” de los bienes simbólicos “altos”. Y no sólo a causa de la victoria
del fragmentarismo y del descrédito de los “grandes relatos”. La revista, como
el libro de poesía o el del joven narrador no integrado al circuito mercantil,
sufre y mucho. Hasta no es del todo descaminado afirmar que la crisis de las
revistas literarias tiene bastante que ver con la crisis profunda de la
literatura, que hoy convalece entre los figurines digeribles para la
mercadocracia y una mínima expresión de textos de “calidad” sólo perceptibles
para una especie de cofradía aún menor que en la modernidad.
Hay
una severa admonición de Theodor Adorno para el crítico literario: este “únicamente haría justicia a su tarea [si]
registrara en sus ideas algo de la
sacudida que ha estremecido el suelo en que se mueve” (Adorno, 2003:
644-645). No se puede trasladar esta ceñuda observación a las revistas, puesto
que estas sólo son algo si se
estremecen junto al suelo que pisan. A veces consiguen salir papeles más o
menos confesionales de un grupo de amigos o algunos testimonios epigonales de
estéticas dominante, pero incluso con algunas de estas “empresas” que consiguen
articularse por encima de la mera sobresuma de páginas, aunque no puedan seguir
por mucho tiempo, con ellas también se hace el campo cultural. Algo de esto
notó Alvaro Lins con motivo de la aparición de la revista paulista Clima, en 1941, con un lenguaje crítico
del que hoy podemos estar lejos:
[...] a vida literaria –a que não entra na história e não tem outra duração além dos seus própios dias– revela-se sempre em movimiento através de revistas, de pequenos jornais, de publicações diversas que aparecem e desaparecem numa espécie de ritmo natural. No entanto, pensando bem, verificamos que é sobre este movimento que se contrói a literatura (Lins, en Pontes, 1998: 70).
Y unos años más tarde, Antonio
Candido, uno de los redactores clave de Clima,
añadió en la misma línea de pensamiento:
As revistas literárias não são, forçosamente, sinais de boa qualidade literária, mas não há dúvida que nada, melhor que elas, atesta a vitalidade média da literatura. Pode haver muitas em circulação sem que haja um único escritor eminente, pois o escritor eminente prescinde do seu amparo; sem elas, não podemos dizer que um dado momento apresente vitalidade literária (Candido, 2000: 230).
Formas (II). Hay una forma o célula básica de la
revista: el grupo. ¿Hay otra forma posible que hacer una revista que no sea la
de construir/se como grupo para que cada individuo sea, a la vez que sostén,
complemento y puesta en crisis del otro, de los otros? Raymond Williams, en un
artículo ya clásico, “The Bloomsbury Fraction”, plantea que cada grupo
intelectual tiene que contar con una organización interna del grupo; entrar en
relación con otros grupos, ya sea para chocar con ellos como para establecer
alianzas y, por último, trabar relaciones con la sociedad en general (Williams,
1982). Esto es: el sujeto providencial, que suele verse a la distancia, no
existe, nunca existió sin la fuerza coligante del grupo. Para hablar de
ejemplos concretos, sólo de dos entre cientos de escritores encumbrados como
notables, y notables por cierto. Uno: contra lo que de algún modo postula José
Pereira Rodríguez en artículo por cierto pionero y aún no superado (Pereira
Rodríguez, 1965), Julio Herrera y Reissig no fue, él mismo, La Revista (1899-1900) o La Nueva Atlántida (1907), a las que
fundó, financió (él o, mejor, el dinero de su padre) y dirigió. Es más, casi no
escribió en ellas, de modo que mejor sería decir “las revistas literarias dirigidas por Julio Herrera y Reissig” y
no “las revistas literarias de Julio Herrera y Reissig”. Dos: José
Lezama Lima no es, él sólo, él “todo”, la revista cubana Orígenes, es más, no sería sin el diálogo mantenido con tantos
otros textos de otros autores, dentro o fuera de la misma, contemporáneos (como
Gastón Barquero) o jóvenes (como Roberto Fernández Retamar). Aunque sea
imprescindible Orígenes para el
ascenso y la estimación de la obra de Lezama, su principal “portavoz” (Fernández Retamar, 1994).
En entrevista ofrecida a De Milleret,
hablando de la experiencia de Sur,
Borges dijo que “la única forma de hacer
una revista es tener un grupo de personas que tengan las mismas convicciones,
los mismos odios; una colección de textos por autores famosos no produce una
revista” (Cit. por Rodríguez Monegal, 1987: 213). En efecto, parecería que
el odio puede ser, entre los jóvenes, un disparador estético más eficaz que la
premeditada expresión de una poética. Esas formas de la resistencia, que a
veces pueden asemejarse a la política de la pandilla por las cotas de
agresividad que son capaces de alcanzar, aun a pesar de la efímera existencia
de la publicación periódica, puede dejar una marca profunda en una cultura,
además de haber dado a conocer algún texto que –después, a veces mucho después–
se hizo célebre, en general por los afanes polémicos o los editoriales o los
manifiestos belicosos. Otras veces, esa beligerancia escapa del cerco de las
riñas entre grupos para, como quería Mariátegui de su Amauta “no representa[r] un grupo. Representa[r], más bien, un movimiento, un espíritu”,
que defiende ciertas ideas y ataca ciertas otras, que profesa “una filiación y una fe”, y por eso sale
a la polémica o, mejor, está condenada a ser polémica (Mariátegui, circa 1980: 238-239).
La revista, antes de la aparición de
internet, había ensayado otras posibilidades de integración con las demás artes
más allá de los discursos de la escritura, más allá, incluso, del librillo o de
las hojas dispuestas en pliegos. Fue cartel callejero en los veintes, por
ejemplo, en la experiencia porteña de Prisma
(1921) o en su imitadora la montevideana Mural
de Ideas;[9] fue,
incluso, algo más que tinta en la recitación o la lectura pública concertada de
las llamadas revistas “orales”, como la que “dirigieron” Juvenal Ortiz
Saralegui, Manuel de Castro y Hugo Balzo en 1935.[10]
Desde las vanguardias a la radicalización política abonada por el avance del
fascismo, por la peste autoritario-bonapartista por América y por la guerra
civil española, esto es, desde los veintes a principios de la década del
cuarenta, el diálogo entre texto e imagen, en particular a causa de la
integración del grabado y de la ilustración a las páginas de las revistas como,
simultáneamente, a los libros que se hicieron entonces, permitió pensar una
estrategia semiótica e ideológica común entre escritura (literaria o la que
fuere), diseño gráfico y artes plásticas.[11]
Adoptó esas y otras formas, pero
nunca dejó de ser el grupo lo que animó una revista. Si la vida de la
redacción, es decir, la alternancia, el canje interpersonal –que se extiende al
café– ha sido su motor, la desaparición del contacto físico ha sido aniquilado
por el envío del trabajo por correo electrónico o la disolución de la reunión
(en la redacción, en el café) por tantas causas, que van desde la imposibilidad
de estar en el tiempo libre hasta la
imposibilidad material –sin hipérboles– de sostener(se en) un café. Esta es la
razón fundamental que ha conspirado contra la noción misma de revista que,
entonces, ahora vendría a transformarse en otro tipo de diálogo, el
electrónico. Otro acto de presencia que se está procesando, ¿o la definitiva
forma de una ausencia? Si algo es y fue la revista propiamente cultural, antes que nada, eso es el acto y el ejercicio de la libertad.
Observada desde la mira del receptor, a la revista se ingresa por donde uno
quiere, se sale cuando se quiere, se escoge, se descarta. Por otro lado, si es
cabalmente una revista, es un hecho en
diálogo fluido con otras publicaciones, con libros, con acontecimientos de
la vida concreta, la ideológica, la filosófica, la cultural. Se trata, pues, de
un espacio de mediación entre el
lector y el grupo que la compone, que puede ser más o menos homogéneo, pero que
siempre tendrá, cualquiera sea su grado de contundencia o de explicitación, un
vínculo tenso con las estéticas hegemónicas, las ideologías y las condiciones
de la realidad. Con todas o con alguna de ellas.
Formas complementarias y suplementarias de la revista son las modalidades de penetración cultural de un grupo: la búsqueda de alianzas o puntos de apoyo o de “copamientos” de los diarios o de otros medios de comunicación para difundir sus textos. En ese plan se ubica, en un punto neurálgico, lo que se podría denominar la “conexión internacional”, esto es, la cooperación con otras revistas extranjeras con las que se sienten alineadas con intercambio de colaboradores y de aportes; la elaboración de una política de traducción de novedades o de viejos textos recobrados, porque la revista es el espacio más lábil para la operación a la vez elitista y democratizadora de la traducción (Sarlo, 1998), con lo que se convierte en punto de apoyo y surtidor de editoriales artesanales o comerciales para la difusión de autores de otras lenguas en el mercado simbólico y económico. Con esas políticas se refrendan ideas o estéticas que sirven de fuente o de autoridad. Agréguese las múltiples modalidades de la divulgación pública ya reseñada (carteles públicos, volantes, avisos de diverso tipo), la participación diversa en formas del espectáculo, los canjes con otros medios, etcétera.
Sueño (o pesadilla) editorial. La creación de una editorial suele ser corriente motivo de
expansión pero más de quiebra financiera para la revista, cuando sus hacedores
pretenden trascender hacia el aurático objeto libro, que no suele obtener, en
la escala de producción artesanal, más que una limitada inserción en el
mercado. Puede haber excepciones históricas, desde luego, como las de la
coincidencia entre público/ ideología radical/ proyecto cultural de los años
sesenta. Antes, y después, la aventura editorial es la aduana cancelatoria del
cruce o del pasaje a otro estado. O la editorial es como el brazo extendido de
la revista, su lado oscuro del deseo.
Un
ejemplo uruguayo: la entrega Nº 6-7-8 de Número,
1950, sobre el Novecientos, se agotó de inmediato, entonces los entusiasmados
editores volvieron a imprimir el grueso tomo de casi quinientas páginas como
volumen independiente, que no
encontró compradores y generó un déficit que ya no pudieron enjugar.[12]
La correspondencia de Emir Rodríguez Monegal a Idea Vilariño, entre 1951 y
1954,[13]
muestran las alternativas diversas de esta preocupación: la conciencia de que para
afirmar Número había que crear un
público, y para crecer fuera de la revista había que crear un terreno
suficientemente fértil como para que prosperase el libro propio, única
escapatoria, que se convierte para ellos en trampero. De hecho por entonces qué
hacer con su revista, más que cómo hacerla, se transforma para Rodríguez
Monegal y sus compañeros de dirección de Número
en una obsesión, en urgente espacio a reflexionar:
Me ilusiono pensando
que la revista sigue siendo distribuida como antes. Para alarmarla y
entretenerla un poco le cuento un proyecto: Estoy preparando un artículo para Número sobre este tema: Crisis de la revista literaria. La
primera parte examinará el caso de las revistas interrumpidas por la guerra.
Ejemplos principales: Revista de
Occidente, Nouvelle Revue Française, Criterion
(de T. S. Eliot). La segunda el caso de las revistas florecidas con la
guerra: desde Hora de España a la Penguin New Writing y Horizon, pasando por Fontaine, L’Arche, etc., etc. La tercera parte examinará las dos categorías básicas
en que se dividen las revistas: de la generación en el poder y juveniles
(¡siempre con las generaciones!). Ejemplos:
Scrutiny (de F. R. Leavis), Sur, Cuadernos [Americanos], [Les] Temps Modernes, por un lado; Nine (de Peter Russell), Reunión, Número, por el otro. La última
parte ordenará las conclusiones y dogmatizará o platitudinarizará (sic). ¿Le gusta?[14]
El pormenorizado proyecto no se
cumplió, y Número empezó a hundirse
lentamente, pese a que resistió otros cuatro años gracias al empeño y la
disciplina de un equipo, a la adhesión fiel de un puñado de lectores y a los
últimos vestigios de un subsidio estatal que se fue esfumando cuando empezó a
desvanecerse el welfare state
uruguayo.[15]
Desde mediados de los ochentas de
otra clase han sido las heridas para revistas y libros culturales –o,
insistamos, literarios– en los mercados mayores de América Latina, como
Argentina, Brasil, México y Chile. Uruguay parece ser un caso bastante singular
(Rocca, 1998). De golpe, la editorial artesanal, habitualmente emanada de la
revista y con frecuencia transformada en editorial “paternalista”, trocó su
fatiga o su andar pesaroso en pérdida casi total movimiento. De golpe pasó a
ser dominada por el mercado y su expresión empresarial: la editorial formada
por capitales transnacionales que se somete a los gustos masivos, a su vez
modelados o auspiciados por el periodismo cultural que se le rinde a uno y a
otros, según lo ha examinado en dos oportunidades Silviano Santiago en relación
con el caso brasileño (Santiago, 1989; 1997), Nora Dottori en relación al caso
argentino (Dottori, 1999/2000) y otros especialistas en diversas perspectivas
globales sobre América Latina (Daroqui/Cróquer, 2001). De a poco, aun en este
submundo posnacional, se van recomponiendo las tribus culturales, que a veces
se infiltran en los macrosistemas, se sirven de ellos o son cooptados. Como se
quiera.
Final. Una alternativa ha sido la de recurrir a lo
de siempre: al acto y ejercicio de rebeldía y de creatividad en conflicto. En
la revista cultural de intervención
estas particularidades se han reflejado en lo que llamaría “la cuestión
gráfica”: el formato, el diseño, la elección de los tipos, las ilustraciones.
Y, también, los caminos que se eligen –o que no hay más remedio seguir– para la
distribución del producto que generará la venta, de la cual podrá pensarse en
sacar algún rédito para continuar, por lo menos en una presencia-testigo que
permita la continuidad de apoyos o de subsidios, si es que estos existen. O si
se requieren. Porque, en suma, una revista que participa del calor de la vida
cultural ante todo, si desea ser y estar en un lugar o en varios segmentos
de esa comunidad, es la expresión de un grupo, que es adversario –cordial o
feroz– de otro u otros grupos, con los que entra en diálogo y en su reverso
inevitable: la controversia, la polémica, la lucha por el poder del presente y
el poder de la memoria. Sólo este tipo de revistas y no otras, sólo las de “escuela y grupo”, como dijo Alfonso
Reyes, son las que pueden cobrar “carácter
de antologías cruciales” más temprano que tarde (Reyes, 1989: 126).
Quizá,
entre otras razones, sea por esa falta de potencialidad antológica que han
raleado las revistas de intervención del panorama cultural latinoamericano,
mientras las académicas sólo en
algunos puntos de América Latina se asoman para la curiosidad de los
profesionales. Si estas permanecen, aquellas se han apartado por primera vez en
casi un siglo de las características básicas con que funcionaron, por lo menos
entre el 1900 y fines de los ochentas. Con esa debilidad o esa falla, mejor,
vienen a acompañar la(s) crisis, económica, moral, cultural y de certezas.
Pueden tomar el atajo de internet que conduce hacia un lugar semejante al que fue, pero que ya no es el mismo. Porque
estamos en la “era de la
reproductibilidad digital”, que “hace
del arte algo completamente ubicuo (como quería Valéry), [y] lo lleva al
paroxismo de lo político (como quería Benjamin). La intermitencia en un
continuo: como en Tlön, en nuestra época, el arte no es, pero hay arte”
(Link, 2002: 13).
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[1] Un caso cercano de estudio comparado de la crítica de libros en suplementos literarios de algunos puntos de Brasil y de Francia, en Travancas, 2001.
[2] Antelo se inspira, para esta afirmación, en un artículo de David Bennett que no hemos podido consultar: “Periodical Fragments and Organic Culture: Modernism, the Avant-grade and the Little Magazine”, en Contemporary Literature, XXX, 4, 1989: 480 (Antelo, 1999: 309).
[3] Siempre y cuando no opte –me permito corregir a Beatriz Sarlo–, por la vertiente académica de la que se habla más adelante, esto es por la moderación, por el estudio de lo pasado, de lo remoto para un presente que siempre involucra tensiones, aun con el pasado.
[4] En tal sentido, la sugerencia que se desliza más adelante en el texto de esa conferencia es muy productivo: “Volver a situar la lectura y el texto leído en una historia de la producción y de la trasmisión cultural, es darse una posibilidad de controlar la relación del lector con su objeto y también la relación con el objeto que fue invertido en este objeto” (Bourdieu, 1988: 121).
[5] En un diálogo entre varios directores de revistas culturales, sobre todo literarias, de Argentina, Eduardo Grüner y Beatriz Sarlo manejan la idea de la intersticialidad que aquí se retoma aplicándola, también, al caso mexicano. Véase “¿Para qué sirven las revistas literarias?”, entrevista colectiva sin firma a Beatriz Sarlo, Eduardo Grüner, Liliana Heker, Víctor Redondo, Javier Cófreces y Adrián Rimondino, en Cultura, de Tiempo Argentino, Buenos Aires, 15 de mayo de 1983: 1-3.
[6]
En el punto disiento con Maria Lucia de Barros, quien distingue entre “revistas literárias institucionais,
dirigida[s] a públicos «cultos», de circulação más ampla que as
«independentes», finamente ilustradas e impressas [...]”; “revistas culturais «académicas», dirigidas
também a um público mais específico, [...] «universitário», em geral não são ilustradas e veiculam
predominantemente ensaios, y, además, “revistas
universitárias («científicas»), que pouco diferem das revistas acadêmicas,
salvo pela vinculação: estão ligadas a distintas instâncias universitárias
[...]” (de Barros Camargo, 2003: 33-34). Quizá la elección de exclusivos ejemplos
brasileños produce la discordancia. Fuera de Brasil, al menos, cada vez es más
usual que las revistas universitarias alojen ilustraciones diversas, más allá
de la viñeta o del diseño de “paleta baja” que, es verdad, continúa
predominando. Pero mi disidencia más fuerte con su taxonomía radica en que las
tres modalidades, si es que puede admitírselas, sólo son capaces de capturar el
mismo tipo de público, por lo tanto el problema estaría en la posición desde la
cual se ve la cuestión: Maria Lucia de Barros piensa, básicamente, desde la
formalización de la revista o de sus pactos y alianzas con los hacedores en el
medio institucional; en mi caso, prefiero concentrarme en el público como
factor diferenciador o como factor-consumidor aglutinante clave. Dicho de otro
modo: más allá de las políticas de diseño o de los respaldos institucionales o
económicos o, incluso, del “reclutamiento” de los colaboradores, no hay en las
tres variaciones señaladas por la especialista brasileña más que un solo tipo
posible de público. Tal vez la discusión sea ociosa y sólo se trate de tres
subconjuntos de un conjunto mayor.
[7] Véase Diario, 1974-1983, Ángel Rama. Montevideo, Trilce, 2001. (Prólogo y notas de Rosario Peyrou).
[8] Mientras corrijo la última versión de este trabajo, para leerlo en el Congresso de ABRALIC, Porto Alegre, 20 de julio de 2004, siendo 1º de julio, me entero de las restricciones casi totales para viajar a Cuba desde Estados Unidos, impuestas por el gobierno de Bush, y de las inmediatas medidas para evitar el envío de dinero a la isla. ¿Hay otra posibilidad que pensar en este tipo de resoluciones sin pensarlas como actitudes de una política que nada le envidiaría al fascismo?
Otrosí digo: luego de la lectura de este texto me reencuentro con mi colega y amiga Maria Lucia de Barros Camargo, quien tiene la gentileza de entregarme el número especial de Travessia con su artículo, entre otros de gran importancia (véase Bibliografía). La lectura de su trabajo, por lo tanto, sirvió para enriquecer este texto. También es porterior a esa versión inicial el número monográfico coordinado por Schwartz y Patiño para la Revista Iberoamericana.
[9] Sobre la que conozco sólo una referencia que leo en carta de Juvenal Ortiz Saralegui a su entonces novia, María Teresa Zerpa, fechada en Montevideo el 24 de octubre de 1930: “¿Recibiste Mural de Ideas? Envié en un sobre uno para ti y otro para Jesualdo: dáselo. La ciudad quedó toda empapelada: lo mismo los clubs batllistas, centros culturales, etc.” (Original en poder de Silvia Ortiz Zerpa, a cuya generosidad debo la posibilidad de reproducir este fragmento).
[10] En la colección Manuel de Castro, radicada desde abril de 2004 en el Programa de Documentación en Literaturas Uruguaya y Latinoamericana, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, al que dirijo, se encuentra una hoja de la “Revista Oral” de 1935, que detalla el programa de actividades de lectura.
[11] Aspecto últimamente muy trabajado por la crítica e historiografía de las artes visuales en América Latina como, por ejemplo, Ana Luiza Martins en el caso de las revistas paulistas y cariocas (Martins, 2001) o Gabriel Peluffo en las revistas, libros y xilografías uruguayas (Peluffo, 2003).
[12] Debo el conocimiento de esta información clave para entender el funcionamiento del público, las publicaciones periódicas, el campo intelectual, en suma, en el medio siglo, al testimonio de la poeta Idea Vilariño, quien formaba parte del equipo de dirección fundacional de Número. El mencionado testimonio me fue aportado, por primera vez, en Montevideo, en 1988.
[13] Originales de las cartas de Rodríguez Monegal en poder de Idea Vilariño, quien generosamente me autorizó a copiar. Debo, asimismo, a Joaquín Rodríguez Nebot, hijo del crítico, la autorización para citar estos documentos.
[14] Carta inédita de Emir Rodríguez Monegal a Idea Vilariño. Manuscrito en cuatro folios, datada en “Cambridge, enero 24 1951”.
[15] Sobre el inestable, aunque abundante, campo de las revistas culturales uruguayas, véase el Índice de las revistas culturales uruguayas (1940-1970), de Gabriel Lyonnet, preparado dentro de nuestros proyectos de investigación en el Programa de Documentación en Literaturas Uruguaya y Latinoamericana, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República.